martes, 7 de febrero de 2012

A esos sin techo, que hoy tiritan..

“¡Hay que joderse!”-exclamó, cuando llegó a su cuchitril de tres paredes de cartón, sin piedra alguna que las sujetara, montadas allá casi de cualquier forma en un sitio perdido en la esquina de un jardín trashumante de la ciudad que lo acogía…

Norberto Jorderte siempre se lamentó de no tener suerte en esta puta vida; siempre decía que hasta en el apellido el destino le jugó una mala pasada. ¿Ó no?, le comentaba a quien quisiera escucharle, que, la verdad sea dicha, no eran muchos. ¿A ver, dime, chiquillo, a ti te gustaría llevar  como un castigo este apellido?.
Con unas barbas que no dejaban traslucir el rostro ajado y favorecido con el que Dios, quizás, quiso compensarle una vida que siempre se aproximaba, en demasía, al mismo infierno, y que además él mismo no se preocupaba (¿para qué?, gritaba) en mantener en unas condiciones mínimas de salud y estética; con unos ojos profundos, penetrantes, oscuros como cual boca de lobo; con un cabello abundante, graso, deslavazado, que en algunos sitios ya empezaban a clarear; con unas manos arrugadas, muy doloridas ya de empujar la mierda de carro que le servía para ir recolectando todo aquello a lo que le veía alguna utilidad; y con un alma desengañada, rebelde, viva imagen de su dueño, el arrastrar cotidiano de Norberto se había convertido ya, para su desgracia y la de aquellos vecinos que no lo conocían, en una estampa habitual del barrio;  algunos incluso decían(bueno, eso era sólo leyenda urbana…) que más antigua que la del general Franco montado en su caballo victorioso, señalando impertérrito a las lejanas montañosas brumosas del Marruecos conquistado… aunque él solía extraviar sus ojos revueltos, doblar la boca sucia en un gesto impredecible, y soltar con esa voz de hombrón gigantesco: “qué dices, chiquillo, ese quién es…!”…

Y se le cayó el alma negra a sus pies cuando, encima de un puto día de mierda, empezó a llover cuando se acercaba a su chalé de campanillas, se mojó sus pies cuasi desnudos en un maldito charco de agua negra, y le cayeron diez gotas y media en su cabeza de pocos pelos sobrevivientes… Porque él sabía que, si cualquier noche era ya de por sí mala en su cochitril de tres al cuarto, si encima llovía, para qué contar. Aunque sus noches interminables sin nada que hacer no le eran especialmente insoportables (siempre presumía de que, algo es algo, solía dormir casi como un niño, pese a maullidos de ratas invisibles, gritones envidiados a vueltas de alguna maldita fiesta, apariciones fantasmagóricas de seres que se consideraban superiores a un “desgraciado vagabundo” que no merecía siquiera ni quitarles su enviciado aire, y mil y un ruido nocturno…), cuando llovía, digo, era un infierno: algún cartón que salía buscando la liberación celestial; ese maldita hoja de diario que algún civilizado ciudadano había tirado a la papelera del suelo; ese viento que en demasiadas ocasiones ululaba sus mensajes de miedo, y se colaba sin invitación de ninguna clase por debajo, revolteando todo lo que pillaba a su paso; y esos truenos, Dios mío, esos truenos que rajaban su interior de niño grande, le hacían torcer el gesto, maldecir por lo bajini, arrebujarse, en fin, en los agujeros desmadejados de su manta ínfima, cerrar los ojos, y repetirse una y otra vez: “ya está”, “ya está”, “ya está”… como cuando era un niño pequeño y se acurrucaba en los brazos tiernos de su madre angelical, que le miraba embobada, sus ojos tiernos, su voz dulce, su alma buena de ángel escapada del cielo. “Ya está, mi niño, ya está; es un trueno, sólo un trueno, cariño, mi niño, no te asustes, aquí está mamá….”, y él se quedaba dormido en esos brazos tiernos como el pan de cada día, seguro que ya nada malo podía pasarle, que allí estaba su mamá para protegerle…

Pero ya no estaba su mamá querida, esa madre que todos los días y a todas horas echaba tanto y tanto de menos. Ahora estaba sólo  con esos infernales truenos que le hacían llorar lo que nunca lloró de niño, y no terminaba de acostumbrarse a que nadie le acomodara en sus brazos, le meciera, y le canturreara las palabras que le hacían olvidar que no era un niño, ni un hombre, ni un vagabundo errante huyendo siempre de las fauces terribles de la vida cotidiana.
Todo eso le pasaba por su cabeza mientras acercaba torpemente su espíritu cansado a su chabola hiriente, mientras maldecía por lo bajini su mala suerte, su mala vida, su historia horripilante que a nadie importaba. Porque él nunca fue así, Norberto tuvo un día de hace muchos años una familia, y una casa, y una ropa nueva, y unos amigos con los que jugaba, y unos reyes magos que todos los años, todos, sin faltar ni uno, le traían los juguetes que había pedido y muchos otros que no había pedido, y comía poco, como cualquier niño de su edad, pero porque no quería, no como ahora, que sí quería, pero no podía…

Siempre se lo reprochó. No debió coger aquella llamada de teléfono que, un día, cuando estaba sólo en su casa porque sus padres habían salido al pueblo de al lado a ver unas cosas para la casa. Él ya tenía catorce años, no era la primera vez que, por un ratito, se quedaba sólo cuando no le apetecía acompañar a sus padres a ningún recado. Pero ese día:

“Oiga? ¿Sí?. Es el 956…..” .“Sí, pero mis padres no están…”. “¿Y tú quién  eres, niño?”. “Pues Norberto”. “¿Y tus padres se llaman Alberto y Carmen, hijo?”. “Pues sí…”

Desde esa llamada, nunca volvió a ver a sus papás; desde esa llamada (“no debía de haber cogido el teléfono”, se reprochaba siempre, como si eso hubiera cambiado las cosas), su camino cogió la más inesperada de las derivas, y Norberto Jorderte pasó, en pocos años, de la familia feliz, a la más sórdida de las existencias posibles.

Porque a todos, sin quererlo, nos puede cambiar la vida en un segundo.

7 comentarios:

  1. Y tanto que nos puede cambiar la vida en unos segundos,Carlos.
    Que tristeza que te veas sin nada, sin una familia,sin un trabajo,sin que nadie te eche una mano y lo peor de todo, sin un techo. Hasta donde puede una vida ser tan miserable.

    Un triste relato, pero muy bueno

    Un abrazo

    Lola

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  2. Gracias. Este relato lo presenté a un concurso de narraciones que convocó la Asociación Solidaria Pepita López, de Cádiz, en el que se debía reflejar la pobreza.

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  3. ¿Conseguiste algún premio con el relato? Es cierto que la vida te puede cambiar en un segundo, y de llevar una vida encarrilada ver que te quedas en la más absoluta de las indigencias, pero afortunadamente no suele suceder muy a menudo. Siempre hay maneras de no verse abocado a esas situaciones.

    Espero que tengas un buen fin de semana.

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  4. No, no gané nada. Es más: no podía ganar nada. Soy mienbro de la Directiva, y claro, no podíamos obtener premio alguno.
    Me hacía ilusión, simplemente, escribir algo y participar.
    Saludos.

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  5. Hola,leo que eres miembro de la Directiva de esta Asociación,y si no es demasiada molestia, me gustaría preguntarte si el concurso de este año, cuyo fallo estaba previsto para el 30 de Octubre ha sido anulado, porque a fecha de hoy, no se ha pronunciado ningún fallo desde la entidad convocante, ni se ha transmitido noticia algunay esto deriva en una gran desilusión, frustración para todas aquellas personas que han participado y se vuelcan en estos proyectos...
    Recibe un saludo.

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  6. Hola, Beth. Que yo sepa no ha habido otra convocatoria de concurso de relato breve; la primera edición ha sido la de este año; supongo que en el 2013 será la II edición.
    No sé a que te refieres con que el "fallo estaba previsto para el 30 de octubre", ya que fue fallado hace tiempo; de hecho, los mejores relatos forman parte de ese libro.
    Saludos.

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  7. Perdona, te cito el título del certámen al que yo misma me presenté: "II CONCURSO DE RELATO BREVE DE LA ASOCIACIÓN SOLIDARIA “PEPITA LÓPEZ”,no tiene importancia, hace unos minutos he recibido un correo con el acta de dicho concurso, ¡siento ser tan pesada, de verdad!, pero en ninguna página de las habituales encontraba el fallo del jurado... ahora ya sí, ¡qué buena nueva!, gracias y repito, perdón por las molestias. Un saludo.

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