viernes, 23 de noviembre de 2012

Mi gran secreto

       La conocí hace unos años. Me había apuntado a un curso de contabilidad, cálculo mercantil, y esas cosas tan horrorosas, cuando la descubrí: alta, guapa, rubia, delgada. Me quedé prendado de ella desde la primera vez que la vi. ..

Había un gran hándicap para conocerla, claro, y como no podía ser de otra forma: mientras a mi casi siempre me había gustado sentarme en las primeras filas de alumnos, ella, más tímida, que no le gusta llamar nunca la atención, se solía sentar en las últimas filas de la clase. ¿Qué podía inventarme para establecer un primer contacto?. No recuerdo, la verdad, de qué maléfica excusa me serví para superar este primer escollo; supongo que todo entrará dentro de las tácticas inverosímiles que, desde que el tiempo es tiempo, varones y hembras utilizan para producir los debidos y obligados acercamientos. 

Además, no sabía siquiera si ya estaba comprometida, ó no. Lo cual era un segundo hándicap. Y había que sumar un tercero: por aquellos entonces, yo no tenía la "arrebatadora" personalidad (?) de estos tiempos...; y si ya era tímido de por sí en mis relaciones con los amigos de pandilla y los compañeros de estudios, figúrense con las chicas...

Eran tiempos revueltos, sí. Un señor con bigote (esta humanidad nuestra tiene muy mala suerte con los señores bigotudos, no sé si han reflexionado sobre ello...), pistola en mano, tenía secuestrado a todo un Congreso; la gente se refugiaba en sus casas, temerosas; alguno que otro alimentó los fuegos de sus chimeneas con carnets y escritos "sospechosos"; y otra vez España, cuna de civilizaciones, mantenía en vilo a unas democracias occidentales ya consolidadas que no sabían qué rumbo seguiría este país nuestro, que siempre avanza imparable hacia el desastre.

Y allí, en medio de este mundo revuelto e incierto, estaba yo, devorado por la mujer de mis sueños, que nada sabía (como ha de ser, porque no hay placer sin dolor), esquivando de sus ojos mi mirada suplicante, repitiéndome todo el santo día como un mantra su nombre, que ya lo sabía, y esperando impaciente en esas mañanas invernales tan largas y frías la llegada de la tarde que me hiciera disfrutar, tan sólo, de su presencia, su olor, su... lejanía.

Los hilos de la memoria son tan, tan finos, que no recuerdo (y sí, es cierto, debía recordarlo...) cómo entablé mi primera conversación con ella. Ella, que era sin saberlo, mi dueña, mi ama, mi tesoro... El caso es que no tuvo esta historia mal comienzo, y sí recuerdo vivamente cómo quedábamos un poco antes del empiezo de la clase, en unos bancos de la cercana avenida, para corregir los ejercicios de las prácticas que el profesor nos mandaba; lo cual, como es evidente, a mi me importaba relativamente poco. Porque yo lo único que quería era verla, tocarla, olerla, empaparme de su ser hasta el último hueso de mi alma, oir su tierna sonrisa, disfrutar de unos labios que entonces me parecían tan inalcanzables.

Me enamoré, claro que sí. Perdidamente, como nunca hasta entonces, quizás, lo había hecho. Esa niña me tenía comido el seso, dominado, atontado. No podía pensar en nada ni en nadie que no fuera ella. Y ya supe, en aquellos no tan lejanos tiempos, que ella era la mujer que quería tener siempre a mi lado.

Y les confesaré un secreto: hoy hacemos aniversario de boda, 27 años ya. Y lo que en aquel entonces fue una pasión arrolladora, un amor lleno, un deseo volcánico, sigue en mi intacto, no se ha reducido ni un ápice.

Gracias, Alicia. Te quiero.





4 comentarios:

  1. Felicidades por mantener ese amor como el primer día, es más, seguro que ahora es mayor porque a pesar de los problemas que conlleva la convivencia habéis logrado seguir juntos y enamorados.

    Un beso para ti y otro para tu musa.

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  2. Oye, eres un romántico del copón.
    Felicidades.

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  3. Pues sí, felicidades, Carlos. Alicia debe estar encantada con este escrito que, sin duda, se merece. Que vuestra felicidad dure para siempre, Carlos.

    Feliz fin de semana.

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  4. Gracias, Leonor, Juan Fran, Mª Carmen. Bueno, como sabéis he dedicado entrada a varias personas a las que admiro y quiero: la propia Mª Carmen, mi profe Mª José, mi querido Ignacio,... En fin, creo que ya era hora de escribir algo para quien lleva conmigo cerca de 30 años...
    Besos a todos.

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