martes, 9 de abril de 2013

Desesperanza...

Quedé con ella una tarde hace varios días, y fuimos a tomar un café. Hacía ya varios meses que no nos veíamos, el facebook y poco más, algún mensajito sólo... La vi triste, muy triste, fue un café amargo. "Se me acaba ya el paro, Carlos", me comentó. "Este mes"...

 Hemos trabajado juntos muchos años, en diferentes programas. Respondo por ella: es una excelente trabajadora, profesional, inteligente. Si hay algo que no sepa, y se necesita, lo aprende, sin ningún problema. Es seria, rigurosa, cumplidora, puntual. Un todoterreno, imprescindible. Pero la veo compartir conmigo ese café amargo, y no puedo evitar sentir  su agobio, su tristeza, su casi nula de esperanza en una mejoría cercana. Está la cosa mal, sí; muy mal. No sé qué decirle, la verdad. Claro que estando en el boquete profundo en que llevamos tiempo inmerso, la "cosa" ha de mejorar; pero, ¿cuándo?. ¿De qué le sirve a ella, a mi amiga, a mi compañera durante tantos años, que "no se sabe cuándo", la cosa va a mejorar?. Ella necesita que este sinvivir, que esta sinrazón de mundo en el que vivimos, mejore ahora. No dentro de tantos años...

La charla se extiende sobre sus hijos, sobre las clases que, pese a sus circunstancias, ella imparte gratuitamente a los vecinos de La Isla. Un embolado en el que yo la metí, que ella aceptó, y que sus alumnos, estoy seguro, agradecen. Porque sepan ustedes que antes de compañera laboral, ella fue profesora mía de varios cursos. La mejor de las profesoras que he tenido en mis muchísimos cursos recibidos de informática. Y el azar, la vida, el destino inexcrutable que siempre está acechándonos, nos hizo coincidir hace ya algo más de ocho años en mi actual destino, que, ¡oh, casualidad!, era también el suyo... Y hasta hace nada, año y pico, ahí estaba, conmigo, ayudándome, trabajando como la mejor que es en su especialidad, recordándome mi pastillita diaria, cuidando su plantita con amor y cariño, porque ya se sabe que los hombres somos unos desastres para esas cosas...

Me la llevo para ver si la animo algo a un paseo por la nueva calle Real, tranviada, que no conoce, y hago una pequeña tour turística para animarla: esta es la Iglesia de San Francisco, la Alameda, con su templete de música donde nunca suena música, el grandioso edificio consistorial, en obras que nunca han empezado, la Iglesia Mayor, como ves la calle no ha quedado mal, se puede pasear... Y la miro de soslayo, y la observo mientras no se da cuenta, y todo en ella es inquietud, desánimo, interrogantes, mientras mira con ojos curiosos esto y aquello, mientras piensa, supongo, que qué será de ella, de su familia, en los próximos meses, años,... en la vida; mientras pienso, agobiado, que porqué yo no nací ya millonario, ó director de alguna empresa importante, ó presidente, qué se yo, de alguna multinacional internacional, para poder ofrecerle a ella ese puesto de trabajo que tanto se merece.

Porque ella es mi amiga, y quiero que sepa que su desencanto es el mío, que la entiendo, y que quisiera saber cómo podría ayudarla. Ánimo, chica, no termines hundida en la deseperanza, porque tú, al contrario que otros, sí vales mucho.

A una amiga.


1 comentario:

  1. Seguro de que tu amiga sale adelante, Carlos, porque estoy convencida de que es una mujer luchadora, fuerte, y porque teniendo amigos con tanta empatía como tú seguro que no se puede sentir sola. La vida no es fácil, pero tiene sus resquicios de esperanza para agarrarse a ellos y para seguir en la brecha.

    Un abrazo.

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