lunes, 1 de abril de 2013

Mercedes

Sólo recuerdo eso, su nombre; los apellidos, no... Era delgada, morena, cuarenta y tantos años, supongo, de voz suave y melodiosa, y, me parece, ojos oscuros. Anoche daba vueltas en la cama, inquieto, nervioso, y no se porqué, se me vino ella a la cabeza. A pesar de que hace ya tantos años...

Mercedes fue mi profesora de Literatura en segundo ó tercero de BUP, allá por 1977 ó 1978 (el tiempo me va pasando factura...). Había dado clases en el extranjero, según nos contaba, y ahora había llegado al IES Isla de León, para encargarse de las clases de esa asignatura. Hicimos muy, muy buenas migas. Mercedes era una profesora extraordinaria, y a mi, como es de suponer, me encantaba la literatura, era una de mis asignaturas favoritas. Cuando estudiábamos a algún escritor, a algún poeta, ella nos introducía en su época, nos hablaba de lo que sucedía en aquel siglo, del ambiente, de las guerras, de la sociedad de aquellos entonces; y ya luego, estudiábamos su obra. 

Hacíamos bastantes comentarios de texto; y, aunque esté mal el decirlo, eso ha sido algo que siempre se me ha dado muy, muy bien (modestia aparte). Yo disfrutaba haciendo los comentarios, y Mercedes, me consta, disfrutaba leyéndolos. Y tanto es así que solía leerlos en voz alta, y me ponía como ejemplo ante los demás compañeros. Sus clases eran diferentes, amenas, divertidas. Disfrutaba de la literatura, y nos hacía disfrutar. No era, en absoluto, una profesora más; en los buenos días de primavera, cuando asomaba el sol, y estar encerrado en clase hubiera supuesto, casi, un suplicio, Mercedes nos sorprendía: llegaba a clase, nos ordenaba recoger los bártulos, y nos llevaba fuera, a los jardines del Instituto, a disfrutar del sol, de la hierba, del buen tiempo. Y allí, desparrramados en el cesped, a su alrededor, ella desplegaba toda su sabiduría, toda su felicidad, impartiendo una clase magistral sobre Bécquer, el Siglo de Oro, Cervantes, ó quien correspondiera. Lo recuerdo casi, casi, como si hubiera sido ayer.

Pocas veces he disfrutado tanto con una profesora, una persona tan espontánea, tan especial dando las clases, con tanta cercanía a sus alumnos. Y cuántas veces he echado de menos tener profesores de esa altura de miras, de ese saber estar, de esa delicadeza a la hora de impartir unas clases.

Sólo estuve, para mi desgracia, un curso con ella. Y bien que lo lamento... En aquel entonces, no supe decirle cuánto significó para mi. Pero mira por donde, anoche me vino al recuerdo. Y como creo que es de justicia tener un recuerdo para esos miles de profesores que aman su profesión, que la disfrutan, que la gozan, que la sienten,... aquí está mi pequeño homenaje, sencillo, íntimo, a una profesora, en mayúsculas, que amaba su profesión, y que tan buen recuerdo, pese a los años transcurridos, dejó en mi corazón.

Si alguna vez lees esto, Mercedes, e indagando en tus recuerdos te acuerdas de aquel alumno que tan bien hacía los comentarios de textos, que sepas que supiste inocular el veneno dulce de la literatura en quien esto escribe. GRACIAS.

2 comentarios:

  1. Buenas tardes, Carlos: Pues verás, al leer tu recuerdo de ésa profesora que tuviste y que te marcó tanto y fue importante para tí, mira por donde yo te voy a contar algo sobre los profesores que yo tuve y que también me marcaron.

    Al colegio donde fuí "La Mirandilla, en Cádiz", mi primer profesor fue el hermano Paulino; era un colegio de la Salle. Pues bien éste hermano nos dió más palos que a una estera, por aquello de que las letras con sangre entra. El segundo profesor, había sido militar y era manco de la mano derecha, Don Antonio. Para éste, éramos sus soldados (antes de entrar en clase había que formar tropa; alinearnos; mirar al frente; cantar el "Cara al Sol" en el patio todos, hasta los hermanos; entrar en clase en completo silencio...y para cuando teníamos que estar leyendo quien levantara la vista del libro, ójo, desde su mesa volaba la regla pequeña, porque tenía dos, una para revolear y otra mayor y más consistente para pegar en las manos, en el culo, en la espalda, donde se le apeteciera ése día)éra su método de enseñanza.Como te puedes imaginar nosotros los niños de menos de 9 años, miedo; pánico; temblor; yo recuerdo que en más de una ocasión me meé encima, antes de que me preguntara por la lección de aquél día por ejemplo. Profesores de los años 60s, pues yo no supe de que ninguno no utilizara la regla.

    Yo no fuí mal estudiante, tenía bastante memoria y retenía bien lo que estudiaba,no sacaba malas notas. Hubo un intento del director para llevarme al seminario y que estudiara para cura, pero mi padre se opuso, aunque mi madre muy religiosa decía que si Dios lo quería así pues nada, que adelante. Los hermanos reclutaban y indagaban en aquellas familias necesitadas y convencían para llevarse a los niños a la religión. Como la mayoría de los niños que asistíamos a ése colegio éramos de hijos de trabajadores y de familias pobres con muchos hijos, supongo que para qué nos iban a educar de otra manera si al final todos íbamos a ser carne de cañón, y me explico: para trabajar en el muelle, astilleros, la tabacalera...en fín subordinados al servicio de otros.

    Aprender, por supuesto que sí, a callarte de todo y por todo.Tenías que tener hecha toda aquella cantidad de tarea que te mandaban para hacer en casa. De veras que vivía temeroso siempre que tenía que entrar todos los días al colegio.

    Bueno Carlos no sé que te parecerá ésta narración porque he estado escribiendo quizás sin pie ni cabeza, quiero decir sin sentido, a lo mejor. Un saludo,y para otras entradas a ver si cuento algo más.

    Me gusta el nuevo formato que has puesto en el Blog, muy clarito para leer.

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  2. Querido Manolo: siempre me paren bien tus comentarios. Me encanta que te conectes a este blog, y cuentes retazos de tu vida, tus ideas, tus pensamientos...

    Pero no te voy a contestar desde aquí: al leerte, me has dado una idea para una nueva entrada, así que no voy a desaprovecharla. En esta misma semana, contaré algo más de mi vida escolar. Porque yo también, admirado Manolo, estudié en La Salle...

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