viernes, 14 de junio de 2013

Un profesor con sus alumnos

Pues sí, fue como una cosa rara, que me llamó la atención, lo reconozco, era algo que no recuerdo haber visto nunca...

Verán ustedes: hace unos días entré a desayunar en el Macarena, acá en San Fernando, en La Ardila, para tomar mis churros con café (no he probado los churros en todos los sitios de La Isla donde los hacen; así que no voy a decirles aquello de "los mejores churros...."; pero sí me van a permitir que se los recomiende: están buenísimos...). El caso es que al entrar, ví que había un grupo de personas sentados en torno a varias mesas unidas. Eso sí, para lo que suele ser normal en cualquier reunión de españoles, no eran nada escandalosos...

No me fijé especialmente de quienes se trataban cuando entré; una vez sentado, y disfrutando de tan exquisitos churros, presté ya algo más de atención. Y el caso es que allí estaban, ante mi sorpresa: eran un grupo de alumnos (supongo que del Instituto cercano)... y un profesor. Allí estaban, todos juntos, nada revueltos, charlando animadamente, compartiendo, riendo, bromeando... con el respeto debido a la figura del profesor, eso sí: nada de gritos, ó malos gestos, ó de interrumpirse entre ellos... Nada de palabrotas (¡qué placer escuchar conversaciones sin que algún taco a destiempo rompa el encanto de una charla!), ó de un silencio incómodo, ó de miradas esquivas, ó de sonrisas cómplices...

Los alumnos, chicas y chicos, eran ya adolescentes, unos 15 ó 16 años; ya saben, esa edad rebelde en la que, especialmente los varones, tratan de demostrar el "macho" antidiluviano que llevan dentro, y que hace que las relaciones con ellos sea, digamos, "difíciles"... Y, sin embargo, no; más pareciera una reunión de adultos bien formados que de dos generaciones diferentes, tanto en edad como en formación y educación... Exceptuando una de las chicas, que en el otro extremo de las mesas, no desviaba su vista del móvil, el retso de sus compañeros escuchaban, reían, conversaban,... ¡una delicia, oigan!.

El profesor, que por lo que pude oir, no era de San Fernando, aprovechaba de cuando en vez para explicar alguna cosa, no sé si relacionada con su asignatura ó no; y ellos le miraban, se callaban mientras hablaba, y le preguntaban... Y mientras yo los observaba desde mi mesa cercana, no dejaba de admirar a este profesor que tanta mano demostraba con sus alumnos, que tanta simpatía y respeto hacía llegar a esos hombres en potencia, aún en formación, y que, seguro, podían encontrar en él el prototipo de ser humano en quien poder fijarse, para ser una persona de bien el día de mañana.

Un señor que, no tengo duda alguna, debe ser todo un caballero en esta vida tan complicada que tan pocas veces es admirable; un profesor que vive su vocación, que demuestra con este acto tan sencillo lo bonito de, quizás, la mejor profesión del mundo. ¡Ay, si todos fueran como él!.

Chapó, profe, creo que está dejando una magnífica huella en el alma de sus chicos, que seguramente, siempre recordarán!.

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