jueves, 3 de abril de 2014

Unas reflexiones de aquellos 60...

    Nací un ya lejano 61, del siglo pasado, claro. Una época, por cierto, muy interesante: la esperanza y posterior asesinato de Kennedy; la llegada del hombre a la Luna; la toma del poder de la gente del Opus aquí en España; la irrupción en el panorama musical internacional de grupos legendarios (Beatles, Rolling, Pink Floyd...); Vietnan;... Unos años históricos que siempre se recordarán...

Mi padre trabajaba en Bazán; en seguridad, ó algo así. Mi madre se dedicaba a "sus labores", ya saben, a lo que para el otro régimen eran "las tareas propias de su sexo" (?); en fin, dejémoslo ahí... Ya sabemos que el nivel intelectual de muchos dirigentes de esos tiempos era el que era, no vamos a pedirle peras al olmo a estas alturas... Una mujer menuda de estatura, y cuyo carácter iba en orden inverso a su altura.. O sea, una persona de fuerte carácter, muy nerviosa, activa a más no poder, que la dejaba rendida al caer la noche (la recuerdo aún dormida en su butaca mientras veía la televisión...).

Aunque en mi casa, como he dicho, entraba el sueldo de mi padre, ella se sabía sacar unas pesetas (de aquellos entonces); recuerdo, por ejemplo, que durante unos años, llegado el verano, vendía polos a los niños de la barriada. Los hacía en el congelador del frigorífico, y los vendía a través de una de las ventanas, no recuerdo ya si a una, dos, tres pesetas... por ahí andaría... A mi me gustaba especialmente unos que hacía de leche, que me encantaban.

Algunas veces, yo, de niño, le acompañaba a las compras: a la plaza, siempre tan colorista y bulliciosa; a la tienda de Paco, el gallego, que años después terminoó suicidándose, el hombre...; a la panadería los Milagros, histórica en San Fernando, con el legendarioa Andrés  siempre atendiendo al público con una agilidad sorprendente; allí compraba a diario el pan, junto a unos dulces... Porque en mi casa, la costumbre a la hora de comer era zamparse el ó los platos principales, después la fruta, y después los dulces... Y los más mayores, acababan con el café...

En aquellos 60, yo era un niño tímido, apocado, delgaducho; a los potajes que en los actuales tiempos me apasionan, les ponía una mala cara en esos días...  supongo que como la mayor parte de los niños de todos los tiempos.... Y eso que mi madre era una excelente cocinera, como la gran mayoría de las madres de esos tiempos... Ella siempre decía que no le gustaba la cocina; sin embargo, cocinaba estupendamente, aunque yo era un pésimo "comilón". Me encantaba, no obstante, un potaje que hacía, el caldillo con arroz, que era de los pocos (ó casi el único) potaje(s) que comía.

Mi merienda consistía en un bocadillo de chocolate, ó chorizo, ó salchichón, ó carne de membrillo... Ó de atún, para cuya preparación hacía un boquete en el pan, le extraía la miga, y metía el atún. E incluso, recuerdo, a veces chorreaba lenche condensada en un trozo de pan, y ahí iba... Junto con el cola-cao correspondiente, claro....

(Continuará)

1 comentario:

  1. Tampoco me gustaban los potajes, Carlos, y las meriendas mías... calcaditas de las tuyas, jejeje.

    Esperamos esa continuación.

    Un abrazo

    ResponderEliminar