jueves, 4 de diciembre de 2014

Llueve

Miro a la calle, vacía y triste,
y todo es silencio, pesadumbre, desolación...

Llueve.
Se oye el repiquetear intenso
de las gotas en los cristales,
y veo la sombra de un alguien
buscar desesperado un sitio que le 
cobije.

Y me distingo desde fuera,
mi cabeza en la ventana,
el alma deprimida, los pensamientos en el cielo,
mirar,
 desde esta atalaya apartada,
el devenir de un futuro incierto...

Llueve.
 Llueve con furia,
 intensamente,
llueve como aquellos diluvios de antaño, 
en aquellos días grises del ayer,
cuando el tiempo era eterno,
cuando el futuro sólo era nebulosa,
misterio, ceniza.

Veo correr el presente escapándoseme
de estas manos que no lo agarran,
y me recuerdo tal como  hoy,
de hace ya tantísimos años,
mirando absorto el cielo, sólo en el parque,
escribiendo indolente de la tormenta que se 
acerca.

Y vuelve a mi memoria el sopor de
esos días intensos, melancólicos, tristes al fin,
del testigo invisible de la historia que escribimos,
del poeta sensible que siempre fui,
del niño curioso que admiraba a los pájaros,
del adulto sediento de aquel amor que no llegaba...

Y no sé mirando esta lluvia que castiga el alma
si es la misma agua que no terminó de caer;
si sueño hoy aún con las pesadillas de ese pasado
lejano,
con esos días  perdidos en el ayer,
con los deseos que no sé si cumplí.

La calle se adorna de vacío, el cielo
sigue amenzante, la tierra húmeda
se alza ante mi mirada perdida.

Llueve, y no sé el porqué...

 


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