miércoles, 13 de mayo de 2015

Un cuento soñado

"Yo no quiero ser viejo nunca". Recuerdo perfectamente la primera vez que me vino esa idea a la cabeza... La pelota con la que jugaba en el parque con mis amigas se había escapado de nuestro corro, y yo salí detrás para atraparla. Un anciano, con sombrero, bigote casposo, arrugas en un rostro ya ajado, lo pilló entre sus manos, y cuando me acerqué, me lo dio, sonriendo: "Aquí lo tienes, bonita", me dijo, mientras me lo entregaba; y yo me quedé mirándolo, mis grandes ojos abiertos, una mata de pelo tapándome uno de ellos, la boca abierta (la Heidi me decían de pequeña..), diciéndome en voz bajita para mi: "Yo no quiero ser vieja nunca"... Ridículo, verdad?.

No sé porqué pensé eso. Yo tendría ocho ó nueve años, ya ven, esa edad en la que el futuro es algo así como ciencia-ficción, el presente, algo eterno; y el pasado, simplemente, no existe... El anciano, además, aún andaba, no digo que perfectamente, pero sin aparentes problemas de movilidad. Me sonrió, se quitó el sombrero, como después, pasados los años, he visto en alguna que otra película cuando se saluda a alguna persona, me entregó la pelota, y se marchó, sin esperar respuesta; ó al menos eso creo, porque lo mío fue sólo un pensamiento, nada más...

"Yo no quiero ser viejo nunca". El caso es que no sabía yo, a edad tan temprana, y con la inocencia de la niñez por montera, lo que esa frase, maldita, marcaría mi vida. No volví a decirla, ó mejor, pensarla, nunca más. Ó casi nunca, mejor dicho... Mi vida siguió cumpliendo las etapas a las que todos en esta vida estamos abocados, de niña a adolescente, y de rebelde a mujer madura. Ni siquiera se lo había comentado, nunca, nunca, a mi madre, a la que tanto me sigue uniendo hoy en día. Que ya hoy es vieja, claro, a sus cerca de ochenta y diez años... Yo acabé mis tiempos de instituto, de pandilla, de absorver como buenamente podía todo lo que el vivir diario te va aportando, pisé las aulas de la universidad, me gradué, sin problema, en Literatura Española, mi gran sueño desde siempre, me casé, tuve los hijos que Dios y nosotros quisimos con un buen hombre.... Y un día, hace ya muchos años...

Se cumplió... Nadie sabe cuándo se pasa de adulto a viejo. Unos dicen que es cuestión de mente, de cabeza.. Que se pueden tener ochenta años y el ánimo de una jovencita cualquiera. El caso, ó mi caso, fue que, a las doce de la noche de cuando tenía que haber cumplido los sesenta... Fue como si me golpeara violentamente contra una pared de granito, y me vi cayendo en la oscuridad kilómetros y kilómetros en un abismo sin fin, no sé cuánto tiempo. Hasta que aterricé, con golpetazo y ruido incluido...

Y fue cuando se abrió la puerta de mi dormitorio... ¡y apareció mi madre con la edad que tenía cuando yo tenía ocho ó nueve años!. Y me volvió a mi cabeza aturdida aquello de "Yo no quiero ser viejo nunca"... Mi madre se apresuró a recogerme del suelo, mientras yo me hacía la dormida; me depositó en la cama suavemente, me dio dos besos en la frente, me tapó con la sábana... cerró la puerta, y se fue...



2 comentarios:

  1. Sabes que ocurre cuando al parecer uno se siente viejo, que ya el estar en esta vida esta uno de más. Un saludo.

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  2. Oye, continuará... pero no dentro de una semana.

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