martes, 13 de marzo de 2018

Triste vida

Pasé ayer cerca de un colegio, Gabriel, y no escuché ya tus gritos de niño bueno... Oía a los otros niños corretear en el patio, chillar, gritar con esas voces infantiles que tanto llenan el mundo que nos rodea... Y se me viniste a la cabeza, el triste recuerdo de un niño que no conocí...

Aún no lo sabes, claro... Pero, triste vida, a tan corta e inocente edad, ya has dejado, qué miseria, una viuda... Ni ella lo sabe, pero algún día, en unos años, estabais destinado a conoceros, a sonreíros, a besaros en oscuros rincones de vuestro pueblo ahora apesadumbrado... Y tú, que ahora juegas en los cielos con ángeles de tu edad, no tuviste, siquiera, tiempo de despedirte de ella...

Triste vida, sí, la tuya, apagada tan de repente e injustamente; y la nuestra que aquí seguimos, con el corazón encogido, la rabia dominándonos, y el alma, sin conocerte, rota... No te conocíamos, Gabriel, aunque sí a esos miles de niños que nos bombardean con su desparpajo, con sus carreras, con sus ilusiones aún intactas... Con sus deseos de ser, mañana, el mejor futbolista del mundo, el mejor bombero, el mejor policía, el más audaz e intrépido de los aventureros. Y no hace falta conocerte, pobre niño bueno, para echarte ya de menos, y maldecir esta vida estúpida que nos ha tocado sufrir...

Me acordé de ti, chaval, al pasar por ese patio en el que aún jugaban ilusiones que no estaban rotas; te imaginaba con tus otros compañeros sudando mientras les perseguías, llamándolos por su nombre porque nos les cogías, riéndote con ellos de lo feliz que eras en esos momentos... Un niño más abriéndose a ese futuro incierto que siempre, ó casi, espera...

Nunca un hijo debería abandonar esta vida cruel antes que su madre; no es justo, ni para él ni para quien lo ha parido, cuidado, y mimado con todas sus fuerzas... No hay mayor crueldad que ver partir a quien es tu vida, tu mundo, tu presente, y tu todo... Aunque sabes que ahora él te cuidará desde el paraíso, y que allí jugará para siempre lo que aquí no ha podido...

Descansa en paz, Gabriel. Y perdónanos, si puedes, a todos lo que aquí no hemos podido salvarte de esa mano tan cruel que te arrebató lo que debería ser sagrado: tu vida...

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